El informe del Banco Central del Paraguay correspondiente a marzo reveló una variación mensual del índice de precios al Consumidor (IPC) del 0,8%. Si bien no constituye un récord, representa un problema ya que los rubros importantes para la salud nutricional aumentaron por encima de ese promedio así como los combustibles. La inflación en alimentos perecederos y combustibles se erige como un factor crítico para la calidad de vida, especialmente en un contexto de ingresos mayoritariamente fijos y alta informalidad laboral.
El BCP atribuye la suba de los combustibles a tensiones en los mercados internacionales del petróleo. Esto no sería un problema tan grave si Paraguay no dependiera tanto de hidrocarburos, cuyos precios se trasladan casi directa e inmediatamente al consumidor final debido a las fallas de mercado que no son reguladas por el Estado.
El impacto de esta alza es sistémico: Los combustibles son un insumo para toda la economía. Aumentan los costos de transporte de mercancías, lo que repercute en los precios finales de bienes industrializados y de servicios logísticos. Además, inciden en la tarifa del transporte público y en los costos de producción agropecuaria, lo que genera una presión inflacionaria en otros rubros.
La inflación en combustibles actúa como un impuesto regresivo que penaliza con mayor intensidad a quienes ya destinan una proporción significativa de su ingreso a la movilidad.
Por otro lado, el informe destaca las subas en frutas y verduras. Factores climáticos adversos, como lluvias fuera de temporada o sequías localizadas, afectan la producción hortofrutícola, especialmente en las zonas de abastecimiento de los grandes centros urbanos. A ello se suman problemas estacionales y dificultades en la cadena de distribución y almacenamiento. Cuando el precio de las frutas y verduras aumenta, la canasta básica alimentaria se encarece de manera inmediata, a diferencia de otros bienes, estos productos no tienen sustitutos de igual valor nutricional. Una familia no puede reemplazar fácilmente el tomate o la cebolla –insumos básicos de la cocina paraguaya– sin alterar la calidad de su dieta.
Además, la suba de estos alimentos afecta de manera desproporcionada a los sectores populares, que dedican un mayor porcentaje de su gasto total a la alimentación. Según datos de encuestas de ingresos y gastos previas, los hogares de menores recursos destinan hasta un 30% o más de su presupuesto a alimentos, mientras que en los hogares de altos ingresos este porcentaje es notablemente inferior. Por lo tanto, una inflación del 0,8% impulsada por frutas y verduras no es equivalente a una inflación impulsada por bienes duraderos o servicios recreativos, sino es una inflación que erosiona directamente la capacidad de alimentarse adecuadamente.
Frente a estos aumentos, el BCP reporta una disminución del 0,1% en el precio de la carne vacuna. Esta baja, aunque estadísticamente relevante para compensar parcialmente el IPC general, resulta casi insignificante para el bolsillo del consumidor medio. Esta variación no genera un alivio perceptible ni modifica la estructura de consumo de las familias.
Lo que hace especialmente relevante este informe del BCP es que evidencia un patrón preocupante: La inflación en Paraguay tiende a concentrarse en los bienes más necesarios para la vida diaria.
Los alimentos frescos y los combustibles son dos rubros de alta sensibilidad social. Cuando estos suben, los hogares no pueden postergar su consumo ni reducir su compra más allá de cierto límite. Se trata de bienes de demanda inelástica: Se necesitan igual, aunque cuesten más. Esto fuerza a las familias a realizar ajustes en otros gastos, como educación, vestimenta o esparcimiento, reduciendo su calidad de vida integral. En un país con altos niveles de trabajo informal y con bajos ingresos laborales este fenómeno agrava la vulnerabilidad económica.
La política económica, y en particular la política monetaria, suele enfocarse en metas de inflación global. En Paraguay es necesario contar con indicadores de inflación por segmentos de ingreso para comprender la realidad de la mayoría. De lo contrario, se corre el riesgo de subestimar el sufrimiento cotidiano.
Fuente: Editorial UH

